Reflexión en la Analogía (1/)

Publicado en por Ciencia-ficción Sospechosa

Ícono ExopolíticaReflexión en la Analogía (1/).
Dr. Luis Ignacio Hernández Iriberri.
"Identificados", Revista de Exopolítica.
http://identificados.over-blog.com/
La Tierra, 1 (ɸN, λW)

 

Para comprender el papel de la ciencia; entendida ésta como el conocimiento verdadero, y el mismo como el conocimiento objetivo –es decir, el dado en los hechos–, corroborado reiteradamente en la práctica; práctica incluso de carácter histórico-social; susceptible causalmente de predecirse, y demostrado con arreglo a las leyes de la lógica; ante un fenómeno objeto de estudio, ante un objeto de estudio cualquiera, la condición primera de toda condición, es no sólo determinar el fundamento gnoseológico o de su teoría de conocimiento; sino, con ello, definir si el fenómeno es real, e incluso lo que ha de entenderse por “realidad”.

 

Habrá de aplicarse una metodología empírica: no únicamente ver lo que ocurre, sino dirigir atentamente la mirada; esto es, que la primera condición será observar sistemáticamente.  Luego medir, si viene al caso; experimentar (que no necesariamente es hacerlo en laboratorio), desarrollar modelos y simulaciones; y finalmente, elaborar hipótesis y establecer leyes y teorías.

 

Pero consideremos el enunciado en el tema de este ensayo: la necesidad de la demostración científica, en la investigación del fenómeno OVNI, y en consecuencia, haciendo una analogía, imaginemos que sobrevolamos y observamos desde la altura en una especie de silencioso parapente, un paraje inaccesible nunca antes visitado, pero en el cual habita una desconocida especie de símido antropomorfo en alto grado inteligente, realmente un homínido, y bien pudiéramos pensar, por ejemplo, en el pithecantropus.

 

Curiosamente, de manera semejante, esta idea fue expuesta por Marina Curiá y colaboradores, en 1969, en la Enciclopedia en fascículos, “Cíclope, La Incógnita del Espacio”, que en su primer número, resumiendo lo hasta ahí analizado, expone: “...los supuestos extraterrestres no parecen abrigar intenciones hostiles..., no les interesa demasiado entrar en contacto con los terrestres..., su actitud nos recuerda la de un científico que se encontrara con una tribu de gente primitiva”[1].  Y ciertamente, estamos de acuerdo en la no-hostilidad, y la actitud de la ciencia ante una tribu primitiva, mas no así en el hecho de que no les interese demasiado entrar en contacto; simplemente es que ello mismo responde a esa actitud de la ciencia ante una tribu primitiva: el encuentro implica un proceso largo y complejo, tanto más, cuanto más desarrollada cualitativa y cuantitativamente, así como compleja, es la organización social humana.

 

Con la misma inquietud, hacia 1969, antes incluso del viaje tripulado a la Luna; la NASA consultó con la RAND Corporation; donde el gobierno de E.U se asesora para tomar importantes decisiones en política mundial; “sobre la actitud a seguir por los astronautas terrestres el día en que éstos arriben a un planeta habitado: la respuesta fue, que primero era necesario que se efectuase un período de discreto reconocimiento y exploración que, en algunos casos, podría requerir años, a fin de no alterar el equilibrio cultural del planeta visitado con un choque demasiado brusco.  Luego, si los datos recogidos en este período de exploración aconsejaban el contacto, éste se produciría.  De lo contrario, los astronautas terrestres levantarían el vuelo y se irían, tan discretamente como habían venido, para no provocar una catástrofe cultural o incluso una guerra abierta con su presencia”[2].

 

Así que, siguiendo con nuestra analogía, a fin de no perturbar su medio con nuestra presencia directa viciando la propia observación que pretendemos para estudiarlos y tratar de entenderlos, nos proponemos observarlos silenciosamente a la distancia, aun cuando, como quiera que sea, en un momento dado del proceso nos dejamos ver discretamente y ello lo consideraremos en el análisis de su propio comportamiento.

 

Como toda investigación, particularmente bajo el rigor del estudio científico, habrá de requerir de un estricto método y una sistematización que llevará tiempo.

 

El primer efecto será que, lo que en un principio fue nuestra extraña presencia, al poco tiempo, inofensivos, pasaremos a formar parte del paisaje y de la indiferencia de ese pithecántropo, como en lo general es hacia los elementos de su mundo natural, lo cual nos facilitará su observación.

 

Sabemos que tal especie es inteligente, en un cierto grado de inteligencia, lo vemos en sus obras muy elaboradas, en su organización altamente compleja, en la tecnología de sus herramientas, en su capacidad para utilizar el fuego, etc., y en consecuencia, nos interesará a largo plazo, una vez conocidos con suficientes fundamentos, entrar en comunicación con ellos, porque sabemos que tal comunicación es posible, aun cuando primero habrá que desentrañar su código de expresión, luego ver la manera de dotarlos de los elementos de nuestro propio código a fin de que no sólo los entendamos, sino que a su vez seamos entendidos, y por último, consideraremos el medio de comunicación.  Ello establecerá apenas los aspectos de forma.  Finalmente, habrá que considerar también el contenido de esa comunicación.

 

En la práctica eso hemos estado haciendo con algunas especies inteligentes –aun cuando ciertamente en general “muy a lo bestia”: atrapándolos, enclaustrándolos, interviniendo de manera absoluta en el proceso de su comportamiento e induciéndolos, etc–, con chimpancés, gorilas, delfines y ballenas, por sólo referir algunas de las especies de mayor grado de inteligencia.  Aun cuando, deteniéndonos un poco en esa reflexión, bien podemos decir que, en la medida de las diferencias entre nuestras especies, esas capturas y trato, es parte necesaria del proceso de investigación, y por lo tanto alguna vez atraparíamos uno de esos seres primitivos, luego una pareja bisexuada; y los estudiaríamos por un tiempo en vida en el laboratorio observando sus proceso incluso de reproducción; y a su muerte, los examinaríamos completamente por dentro; conoceríamos así algo más acerca de ellos, si bien lo importante será su estudio al natural; puede verse que en la medida de la semejanza de nuestras especies, tales últimos procedimientos se obviarían.

 

Al natural, alguna vez atraparíamos algunos, los sedaríamos, y de algún modo les colocaríamos algún dispositivo y los devolveríamos a su hábitat para rastrearlos y conocer sus movimientos; quizá obtendríamos información a distancia sobre sus condiciones biofísicas y grabaríamos sus sonidos de comunicación asociándolos con sus actos, descifrando así sus códigos.  Tal cual hoy lo hacemos, científicamente, con otras especies.

 

A su vez, en la medida de las diferencias entre nuestros hábitat, nos veríamos en la necesidad de examinar el suyo con detenimiento haciendo un muestreos y estudiándolos en el laboratorio.

 



[1] Curiá, Marina; et al; Cíclope, La Incógnita del Espacio; Editorial Cíclope, Fascículo Nº1; Barcelona, 1969; p.11 (el dato lo recuperamos posteriormente a haber redactado nuestra analogía; pues sabíamos que teníamos por alguna parte esta Enciclopedia –algunos fascículos–, pero no los encontrábamos).

[2] Ibid. Fascículo Nº8; pp.125-126.

 



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